Pocas profesiones enfrentan con tanta serenidad como lo hace Mulero en lo que la mayoría prefiere evitar: la muerte. En una sociedad que vive de espaldas al duelo, donde hablar del final de la vida sigue siendo incómodo, existe un colectivo profesional cuya labor es tan necesaria como poco visible: los tanatopractores.
Su misión no es solo higienizar y preparar un cuerpo para su despedida, sino también acompañar —de forma silenciosa— el primer paso del duelo de una familia. Un trabajo técnico, delicado y profundamente humano que pocas veces ocupa titulares. Sin embargo, como explica Josep Lluís Mulero, uno de los tanatopractores más conocidos de España, “la última imagen también es amor”.
“No solo trabajamos con cuerpos, trabajamos con familias” dice Mulero
Mulero lleva más de dos décadas en el sector funerario. Su experiencia en tanatopraxia le ha convertido en una referencia, tanto por su conocimiento técnico como por su capacidad para hablar sin tapujos de la muerte desde el respeto y la empatía.
En sus propias palabras: “Nuestro trabajo ayuda a cerrar círculos. Ver a un ser querido en paz, con dignidad, cambia por completo el recuerdo final que quedará en la memoria de quienes lo amaron”.
Y tiene razón. En una época en la que la muerte se vive muchas veces con prisa, en hospitales o residencias, donde el dolor no siempre tiene espacio para elaborarse, los tanatopractores devuelven humanidad a ese último acto: la despedida.
El trabajo de un tanatopractor
La tanatopraxia es el conjunto de técnicas que se aplican a un cuerpo tras el fallecimiento para su conservación, embalsamamiento, restauración estética y preparación para el velatorio. Incluye desde el aseo hasta técnicas complejas de reconstrucción facial en casos de accidentes o muertes violentas.
Pero también tiene una dimensión emocional: el tanatopractor es la primera persona que cuida de alguien que ha muerto y, en cierto modo, el primero en acompañar el dolor de la familia desde el silencio.
Mulero lo describe así: “La gente piensa que esto es frío, pero no. Hay ternura, hay respeto, hay un vínculo invisible entre el que se va y los que llegan a despedirse”.

La muerte: un tabú
Pese a la naturalidad con la que Mulero y muchos de sus compañeros hablan de su profesión, la sociedad sigue arrastrando una fuerte negación de la muerte. Nos cuesta nombrarla, mirarla, integrarla. Vivimos como si no fuera con nosotros… hasta que nos toca.
Y cuando eso sucede, muchas familias se enfrentan al dolor sin herramientas, sin saber qué se puede o no hacer, o cómo se va a presentar el cuerpo de su ser querido. En ese momento, la labor del tanatopractor adquiere una dimensión casi terapéutica.
“He visto cómo una madre cambia su expresión de angustia a serenidad al ver a su hijo preparado, en paz. No se olvida nunca esa mirada”, recuerda Mulero.
Educación, formación y vocación
En los últimos años, la tanatopraxia se ha ido profesionalizando en España. Existen formaciones específicas, regulaciones técnicas y protocolos de intervención. Pero sigue siendo una profesión muy vocacional, que exige tanto fortaleza emocional como sensibilidad.
No todo el mundo puede, ni quiere, trabajar en contacto diario con la muerte. Por eso, quienes lo hacen merecen más reconocimiento. No solo por la parte técnica, sino por la dimensión emocional y social que implica ayudar a otros a decir adiós.
Mulero, además, ha participado en iniciativas de divulgación, charlas y entrevistas donde defiende con claridad que la muerte no debe ocultarse: “No hay que banalizarla, pero tampoco esconderla. Hablar de la muerte es hablar de la vida”.
Un oficio invisible hasta que lo necesitamos
La pandemia del COVID-19 visibilizó durante un tiempo la importancia del sector funerario. Tanatopractores, celadores, funerarios y forenses se enfrentaron a una avalancha de muertes en condiciones extremas. Y sin embargo, cuando pasó lo más duro, volvieron a quedar en un segundo plano, como si su trabajo no fuera esencial.
Pero lo es, ya que mientras el resto del mundo continúa su vida, ellos son quienes reciben, con respeto y profesionalidad, a quienes ya no están.
Y aunque muchas veces su trabajo ocurre a puerta cerrada, lo que hacen tiene un impacto directo en las familias, en el recuerdo, en el duelo.
La última imagen también es memoria
No es solo una frase bonita. Es una verdad profunda. La última imagen que tenemos de un ser querido queda grabada. Por eso, verla en paz, bien cuidada, con dignidad, puede marcar una diferencia enorme en el proceso de duelo.
Los tanatopractores, como Mulero, saben que su trabajo no es solo técnico: es también emocional. Y aunque la sociedad aún no les aplauda como merece, cada día ayudan a cientos de personas a empezar a sanar desde el primer paso: la despedida.
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